Tercer Domingo de Adviento

 

Regocijaos en el Señor,
Regocijaos, porque está cerca.

Alabad al Señor todos los pueblos;
Que le celebre, toda la tierra.

HIMNO A LA AURORA

Fuente inefable de luz,
Verbo, en quien el Eterno contempla su belleza,
Astro del cual el sol es una pálida sombra,
Día Sagrado del que el día presta su claridad.

Levántate, Sol adorable,
Que hace de la eternidad un día feliz;
Haz brillar ante nuestros ojos tu misericordiosa claridad,
Y derrama en nuestros corazones el fuego de tu amor.

Guía nuestras almas por su camino,
Haz que nuestro cuerpo sea dócil a tu divina ley;
Llénanos de una esperanza, que ninguna duda pueda quebrantar,
Y que nunca el error altere nuestra fe.

Que sea Cristo nuestro pan celestial,
Que el agua de la fe viva apague la sed de nuestro corazón;
Ebrios de tu Espíritu, sobrios de todo el resto,
Dígnate inspirar  tu vigor a los que combaten

Gloria a ti, Trinidad profunda:
Padre, Hijo, Espíritu Santo, que siempre adoraremos,
Mientras el astro del tiempo ilumine  el mundo,
Y cuando los mismos siglos hayan  terminado su carrera.

San Ambrosio de Milán

Obispo y doctor de la Iglesia (339-397)

Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense! Que su amabilidad sea evidente a todos. El Señor está cerca. No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.

Filipenses 4,4-7

LA FELICIDAD QUE NOS ESPERA

En la monotonía de nuestras vidas, y en medio de la desgracia,  es beneficioso pensar, profundamente, en las dimensiones que alcanzará, un  día,  nuestra felicidad, cuando conozcamos toda la realidad creada, y tengamos la alegría inalterable y pura de abarcarla y  unificarnos con todo lo que existe, con  lo que cada ser tiene de bueno y  verdadero. Entonces seremos capaces de percibir, en toda criatura, el reflejo del Ser por excelencia, que es TODO, para que ese Ser se convierta en nuestro único amor, don de  su soberana verdad que derramará en nosotros. Esta visión inalterable,  será el origen de todo. Es rara la dicha de ver colmada nuestra sed de belleza.  Nuestro corazón nunca amará plenamente  todo y cada cosa,   todo y cada ser, sin lasitud ni saciedad.

Madeleine Delbrel (Carta a las fraternidades , Le Cerf 1966)

¡Cristianos, encargados de guardar siempre viva sobre la tierra la llama del deseo!

¿Qué hemos hecho de nuestra espera del Señor?

Teilhard de Chardin

Tableau: http://www.lazure.com/fineart.html...